SOMOS SERES TRICEREBRADOS…

ACTUALMENTE LAS GRANDES INQUIETUDES EDUCACIONALES SE BASAN EN LOS LOGROS O CONOCIMIENTOS ADQUIRIDOS EN LOS TEMAS DE RESULTADOS Y APRENDIZAJES, PERO EN MUCHAS CIRCUNSTANCIAS SE HAN OLVIDADO O DEJADAS EN SEGUNDO LUGAR, TODAS LAS ACCIONES QUE SE INVOLUCRAN CON LAS ÁREAS DEL AFECTO O LAS EMOCIONES.

Los padres muchas veces se sienten felices cuando el resultado de notas da promedios o evaluaciones superiores a 6.0, pero no siempre analizan si su hijo conversa en la mesa, si se encierra en su pieza, si come solo o si simplemente su respuesta a la pregunta ¿cómo te fue? es un simple y breve “bien”.
En los mismos colegio generalmente se saben los nombres y apellidos del estudiante  desordenado o conversador y muchas veces el criterio para expresarnos sobre el estudiante que no conversa, que no se para, que no molesta es “se porta bien… es tranquilito”…
Pero todo esta visión de adultos, va mucho más allá de una comodidad, o de diferentes costumbres sociales, este comportamiento va arraigado en un “ser social heredado” de nuestros anteriores, antepasados, se vincula con acciones sociales invasivas o de posesión, tiene que ver a su vez con el olvido de nuestras propias conductas, con el olvido del niño interior que si estaba callado o no se paraba en la sala de clases, no siempre era porque “se portaba bien”, sino que muchas veces era porque se sentía frustrado, cansado, con pena o porque en la casa le decían, pórtate bien, no molestes, no te pares, no converses, no me hagas tener que ir a tu colegio, NO, NO, NO…
Olvidamos que en nuestra casa cuando no conversamos en la mesa, no siempre fue porque no teníamos tema, sino que muchas veces fue porque teníamos pena, o estábamos molestos por algo o porque no sabíamos cómo hablar una situación que nos afectaba, porque que si lo hablábamos, más de alguien nos iba a retar…
Cuando los adultos olvidamos el reencuentro con el niño que todos fuimos, nos ponemos graves herméticos, muchas veces inconsecuentes con nuestra labor de padres, educadores o de “adultos”.
El niño que duerme en nuestro interior está muchas veces con las alas cortadas y castradas, entonces es imposible que el adulto donde habita, pueda avanzar en un desarrollo afectivo, en una mirada más social emotiva. Según lo que plantea el psicólogo chileno René Naranjo, somos Seres TRICEREBRADOS, donde existe un CEREBRO DISTINTIVO: que se forma en todas las vivencias y experiencias de la infancia (ya sean castradoras o positivas), desde ahí se envían los códigos que hacen al adulto una persona cerrada o dispuesta a modificarse, o una persona egoísta o con mentalidad social, o una persona confiada o desconfiada con su entorno. Un CEREBRO MEDIO: (generalmente vinculado al vínculo con lo materno), donde el sentido de protección, de vinculación, de aceptación se hace presente en el adulto que lo contiene a través de su manera de relacionarse con la sociedad y con los afectos que le rodean, por lo que puede ser una persona “con capacidad de amar desarrollada” o “con capacidad de amar cerrada”.

CEREBRO HUMANO: Que se refiere a la corteza cerebral, donde se almacenan los conocimientos y el desarrollo intelectual de cada persona.
Entonces sólo nos queda hacer las preguntas… ¿Cuál de mis cerebros estoy más preocupado por desarrollar? – ¿El niño interior que habita en mí repite la historia con sus propios hijos o intenta descubrirse y sanarse para mejorar su propia historia y la historia de quienes forman a su presente?

M. Gamboa Rojas
Equipo Psicosocial