¿Cómo lograr que los/las estudiantes prefieran la sala de clases?

Una de las ideas que podría motivar a los y las estudiantes a asistir con entusiasmo a clases, es la que promueve Acaso (2013), quien manifiesta que las aulas deberían convertirse en espacios para el desarrollo de reuniones entre profesores y estudiantes. Esto se debe a que cuando se realizan reuniones, las personas que asisten pueden entrar o salir cuando quieran, puesto que no es una obligación permanecer ahí a diferencia de la escuela, pues en la escuela están obligados a permanecer prolongados periodos de tiempo como agentes pasivos del acto educativo. En relación a esto, las aulas deberían transformarse en Ambientes Activo Modificantes, que según Feuerstein (2006) es un mundo heterogéneo, desafiante, que cambia constantemente, enriquecido de estímulos, con apertura hacia la flexibilidad y adaptabilidad, en donde se encuentra un mediador que tiene la intencionalidad de generar cambios estructurales en los y las estudiantes sin importar las condiciones en el que estos se encuentren.
En estas reuniones, Acaso (2013) indica que existe un mobiliario que permite la conexión entre las personas, produciendo múltiples conversaciones que invitan a participar, además de la presencia de comida que funciona como conector de relax.
Aquí prevalece una estructura horizontal que abraza lo inesperado, una estructura en la que cualquier estudiante desearía participar, ya que podría involucrarse en movimiento, mirando todo su alrededor y relacionándose con sus compañeros, no estaría obligado a estar estático y en constante silencio, porque en las reuniones todos interactúan y opinan acerca de sus experiencias previas y se retroalimentan. De esta manera se conocen y crean vínculos afectivos, es decir, el aula se debe convertir en un espacio en el que se instaure una “relación, una emoción, una sensación de pertenencia, un territorio vinculado con sus usuarios en el que el vínculo posibilitará el aprendizaje” (Acaso, 2013, p.107), por lo que el aula debe transformarse en un espacio en donde exista un continuo debate de temáticas que interesen a los estudiantes y que se hable en su lenguaje cotidiano. Con respecto a esto, Freire (2014) enfatiza que importa el lenguaje del profesor, pero también debe interesar el de los estudiantes, pues es igual de válido, ya que se basa en sus experiencias previas. Si se consigue este ambiente en común, se estimula a los estudiantes a conversar abiertamente. En esta democratización del lenguaje se logra desarrollar una mediación basada en la confianza afectiva y efectiva.